lunes, 27 de marzo de 2017

Una raya y un mero


Una vez, salí de pesca como casi todos los domingos con mis compañeros de pesca submarina, Narciso y Norberto y  nos fuimos a los Acantilados de los Gigantes en el suroeste de Tenerife, el vehículo que usábamos como transporte era el furgón de la Cristalería Teide donde trabajaba Narciso, el dueño se lo dejaba siempre que terminaba de trabajar y se lo llevaba a su casa todos los días.

En esa época no teníamos lancha todavía y nos valíamos del furgón para trasladarnos hasta cerca de los lugares que escogíamos para pescar,(todavía no estaba aquella zona tan urbanizada como ahora), dejamos el furgón en la orilla y salimos caminando hasta la playa. Ese día hicimos una pesca maravillosa, capturamos una raya de más de 90 kg. y un mero de 43 kg., aparte del pescado pequeño.

Salimos del agua como a las tres de la tarde más o menos. El furgón tenía instalado en el centro de la carrocería un dispositivo para transportar los cristales. Era  como una especie de escalera doble apoyada en forma de pirámide.  Allí colgamos el mero y la raya y emprendimos el regreso por la carretera que sube desde Playa San Juan, Chío, Tamaimo, ... En fin que cuando subíamos, nos desviamos por una carretera que estaba en construcción todavía, para acortar camino (eso creíamos nosotros), pero la carretera era la que subía por el monte hasta el Teide.

Nosotros seguimos avanzando por ella cerca de una hora, cuando
nos encontramos un bidón lleno de gasoil, seguramente de las obras de la carretera. Allí no había nadie cuidando aquello, entonces nos paramos, llenamos el depósito del furgón y seguimos avanzando.

Se  fue pasando el tiempo y haciéndose de noche. Queríamos salir, pero nos encontrábamos el camino cerrado por una cadena con candado, continuábamos  y volvíamos a encontrar otra cadena que nos impedía el paso para salir de aquel monte.

En la cadena siguiente lo mismo; pero al lado del camino había una casa que debía de ser la del caminero, porque al oír el ruido del motor, salió una mujer que se asomó por la azotea para ver que pasaba, le preguntamos por el caminero y nos dijo que no estaba, que había ido al pueblo, ella no quiso abrir la cadena (me imagino que por miedo), entonces nosotros ya cansados de tanta cadena, decidimos romper el candado y salir de una vez de aquella carretera. Efectivamente salimos, pero a una distancia del punto de partida que nos asombró, porque habíamos salido por el norte de la isla, por San Juan de la Rambla.

Ya contentos de haber pasado por tanta penuria, enfilamos la carretera hasta Santa Cruz y llegamos a casa pasadas las doce de la noche.


jueves, 23 de marzo de 2017

"A vela" entre La Gomera y Tenerife

Organización de un día de pesca submarina en la isla de la Gomera 

Llegamos a Playa San Juan (Tenerife) con dos lanchas Zodiac, una grande, la de Narciso, y la otra pequeña, de Sergio. Comenzamos llenando los depósitos de gasolina y a meter los equipos de pesca dentro. Ya con todo preparado, salimos a la mar, y llevaríamos unos 10 minutos navegando hacia La Gomera cuando en el motor de la Zodiac grande comenzó a fallar una de las bujías, pero a trancas y barrancas seguimos navegando hasta llegar a la Gomera, (como es lógico se gastó más gasolina de lo normal). Llegamos como a las ocho de la mañana y comenzamos a pescar hasta el mediodía, todo iba muy bien. Habíamos hecho una buena pesca, y decidimos marcharnos para no llegar muy tarde a Tenerife. Salimos aproximadamente a las doce del mediodía, pero a mitad de la travesía entre La Gomera y Tenerife, se acabó la gasolina de la lancha grande y se paró el motor.

Un fuerte viento nos arrastraba hacia La Gomera otra vez, o hacia afuera, a mar abierta, que era lo peor que nos podría pasar.  Nosotros, antes de salir para volver a Tenerif,e habíamos pasado la gasolina de la  pequeña Zodiac a la grande, porque, con la avería de la bujía, se había agotado la gasolina, y así llevábamos la zodiac pequeña de remolque con todo el pescado que habíamos capturado metido en un saco. Habíamos salido a las doce del mediodía de allá (de La Gomera). A media travesía se acabó la gasolina y nos  quedamos a la deriva.

el Yo salté de la lancha grande a la pequeña.  Allí cogí el saco de pescado, lo vacié en el fondo de la lancha y lo abrí a la mitad para improvisar una vela con los remos, porque nos habíamos quedado  ya sin gasolina, sin nada, y a la deriva. Estábamos ya más cerca de Tenerife que de La Gomera, y el viento nos estaba alejando de nuevo, para detrás, para detrás.  Gracias a la vela improvisada y con el timón de la lancha, pudimos salir del tramo de viento fuerte que nos arrastraba hacia atrás. 

A todo esto se fue haciendo de noche, pero ahora ya estábamos en una zona de calma y con los remos seguimos navegando, avanzando hacia Playa San Juan a oscuras, porque era una noche de luna nueva y no se veía nada, solo las luces de las poblaciones, en lo alto de las montañas.

A lo lejos hacia el horizonte se veían luces de varios barquitos de pescadores y Sergio, nervioso, comenzó a gritar, "¡Ehhh!,  ¡ehhh!  ¡Aquí, estamos aquí a la deriva! ¡Vengan a ayudarnos!". Y nosotros le decíamos: "Tranquilo, tranquilo, no grites tanto, no nos pueden oír porque están muy lejos". Nosotros no teníamos en las Zodiac ni linternas, ni Walky Talky, ni nada. Estábamos completamente incomunicados con el mundo.

El caso es que llegamos cerca de Playa San Juan, cuando vimos una pequeña luz muy baja a la altura de la orilla del mar. Pensando que era un pescador, nos acercamos hacia la luz y gritamos:
- Eh! El de la orilla, ¡Eh! El de la orilla. 
Y el hombre con voz un poco asustada dijo: "¿Qué pasa?  ¿Qué pasa?". 
No se veía nada, pero le gritamos: 
-¡Estamos perdidos y no sabemos dónde estamos, y queremos salir! 
-¡No, por aquí, no! Estos son todo riscos y muchos bajones. ¡Miren! ¿Ustedes ven la luz pegada a la orilla que hay a su izquierda ?
-  Sí. 
- Pues allí hay un muellito , vayan para allá. 

Entonces nos dirigimos remando hacia la luz aquella. Sobre el muellito había unos hombres pescando. Eran las doce de la noche, ya nos estaban esperando porque oyeron las voces de nosotros hablando con el pescador de la orilla. Nos atendieron muy bien, nos ofrecieron leche caliente.  Les contamos la odisea o las penurias que habíamos pasado, nosotros le dimos pescado y enseguida me tendí en el suelo del muelle y me quedé dormido, porque estaba completamente agotado.

Por la mañana salimos para Santa Cruz y ya pueden figurarse el disgusto de la familia que no sabían nada de nosotros. Cuando llegué a casa tuve que tirar el pescado porque estaba dando mal olor de estar tantas horas al sol y sin arreglar: mi suegra no lo quería y tuve que ir al Lazareto, en Los Llanos, a tirar seis abadejos grandes de más de cuatro kg. cada uno.

Y aquí terminó la historieta, hasta otra ocasión.
                                                                                                                
(Audio, contando esta historia)