Una vez, salí de pesca como casi todos los domingos con mis compañeros de pesca submarina, Narciso y Norberto y nos fuimos a los Acantilados de los Gigantes en el suroeste de Tenerife, el vehículo que usábamos como transporte era el furgón de la Cristalería Teide donde trabajaba Narciso, el dueño se lo dejaba siempre que terminaba de trabajar y se lo llevaba a su casa todos los días.
En esa época no teníamos lancha todavía y nos valíamos del furgón para trasladarnos hasta cerca de los lugares que escogíamos para pescar,(todavía no estaba aquella zona tan urbanizada como ahora), dejamos el furgón en la orilla y salimos caminando hasta la playa. Ese día hicimos una pesca maravillosa, capturamos una raya de más de 90 kg. y un mero de 43 kg., aparte del pescado pequeño.Salimos del agua como a las tres de la tarde más o menos. El furgón tenía instalado en el centro de la carrocería un dispositivo para transportar los cristales. Era como una especie de escalera doble apoyada en forma de pirámide. Allí colgamos el mero y la raya y emprendimos el regreso por la carretera que sube desde Playa San Juan, Chío, Tamaimo, ... En fin que cuando subíamos, nos desviamos por una carretera que estaba en construcción todavía, para acortar camino (eso creíamos nosotros), pero la carretera era la que subía por el monte hasta el Teide.
Nosotros seguimos avanzando por ella cerca de una hora, cuandonos encontramos un bidón lleno de gasoil, seguramente de las obras de la carretera. Allí no había nadie cuidando aquello, entonces nos paramos, llenamos el depósito del furgón y seguimos avanzando.
Se fue pasando el tiempo y haciéndose de noche. Queríamos salir, pero nos encontrábamos el camino cerrado por una cadena con candado, continuábamos y volvíamos a encontrar otra cadena que nos impedía el paso para salir de aquel monte.
En la cadena siguiente lo mismo; pero al lado del camino había una casa que debía de ser la del caminero, porque al oír el ruido del motor, salió una mujer que se asomó por la azotea para ver que pasaba, le preguntamos por el caminero y nos dijo que no estaba, que había ido al pueblo, ella no quiso abrir la cadena (me imagino que por miedo), entonces nosotros ya cansados de tanta cadena, decidimos romper el candado y salir de una vez de aquella carretera. Efectivamente salimos, pero a una distancia del punto de partida que nos asombró, porque habíamos salido por el norte de la isla, por San Juan de la Rambla.
Ya contentos de haber pasado por tanta penuria, enfilamos la carretera hasta Santa Cruz y llegamos a casa pasadas las doce de la noche.

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