lunes, 31 de julio de 2017

Excursión  al  Teide en 1954

Cuando estaba trabajando en la Eléctrica (UNELCO), casi siempre cogía las vacaciones  durante  el verano.  En el año 1.954 las disfruté en el mes de Agosto y me fui de excursión al Teide con Martín, un compañero de trabajo bastante mayor que yo, que también había sido compañero de mi padre; entonces yo vivía en la calle Carmen Monteverde.


Rodolfo Coello en Fuente Joco


Salimos por la mañana en la guagua hasta La Laguna y desde allí caminando por la carretera hacia La Esperanza, nos paramos en "Fuente Joco"  (A) que estaba al pie de la carretera. Martín conocía bien el lugar porque había estado antes y me dijo: "Vamos, que te voy a enseñar donde está la verdadera fuente saliendo de la tierra". 

Trepamos la montaña  y, justo detrás, estaba la fuente saliendo de entre las piedras, el agua fresquita, formando un pequeño charquito donde se podía coger el agua  para beber .

Seguimos caminando hasta Montaña Blanca (B), donde paramos para comer y pasar la noche.

Salimos tempranito  por la mañana  y empezamos a subir al Teide, llegando a los "Huevos del Teide"  (C); ahí Martín se sintió fatigado y nos detuvimos para que descansara un rato. 

Martín

Mientras él descansaba, yo seguí subiendo hasta la altura del  refugio para preparar un poco de leche. Tan pronto como calenté, la leche bajé corriendo hasta donde estaba Martín, que seguía fatigado por el esfuerzo de la subida. Estaba descansando arrimado a una piedra. Cuando comenzó a beber la leche caliente, le salían de la frente chispas de sudor como si fuera un surtidor.  

Después de descansar un poco,  cogí el morral de Martín y comenzamos a subir hasta el refugio de Altavista (D), que estaba en construcción aún; limpiamos el corral de las boñigas de las bestias que subían con los materiales  de trabajo y nos preparamos para  pasar la noche. 

Recogimos las astillas de madera de tea esparcidos por el suelo para hacer un fuego para comer y mitigar el  frío tan intenso que hacía en aquella altura. Nos pasamos casi toda la noche tomando café y acurrucados uno contra el otro y tapados con la manta, hasta que amaneció y subimos al pico para ver la salida del sol. 



A continuación bajamos hasta encontrar una fuente de agua que a pleno sol estaba fría: más que fría, estaba helada.  Seguimos hasta la Cueva del Hielo, luego bajamos hasta  los Roques de García (E) y el Valle Ucanca (F). Seguimos  hasta la casa del caminero  Juan Évora (G), que  está en la bifurcación de la carretera a Vilaflor y   las Cañadas, allí medio me arregló el zapato que se me había descosido y pasamos
aquella
 noche allí con Juan Évora.

Al  día siguiente nos despedimos y salimos  para bajar hasta Chirche (F),  pero por la cañada se me declavó el zapato y tuve que tirarlos y empecé a caminar descalzo. 

Le dije a Martín que siguiera él solo hasta Chirche  y  me comprara unas alpargatas, y  yo le esperaba en las tanquillas de distribución de agua, que estaban  antes de llegar.  Yo me quedé solo caminando por sobre las piedras que encontraba, porque cada vez que tropezaba con un brazo de lava me tenía que parar y caminar muy despacio, hasta que encontré unas gomas de alpargatas y pude fabricarme con un trozo de hilo de embalar que llevaba en el morral unos patines, le hice un agujero en la punta de cada goma y pasando el hilo por el dedo gordo podía caminar despacito pero adelantaba algo, hasta que terminaba el brazo de lava  y entonces volvía a saltar de piedra en piedra más deprisa,  mientras me entretenía cogiendo ramas de orégano y llenando el morral.

Me alegré cuando vi a un hombre con una mula que, al verme caminando descalzo, se compadeció de mí,  pero se disculpó porque no me podía ayudar, ya que la bestia venía cargada. Yo le dije que mi compañero había bajado hasta Chirche para traerme unas alpargatas y que yo le esperaba en las tanquillas de distribución de agua. Me dijo: "Lo siento,  pero no puedo ayudarlo. Yo se lo diré a su amigo cuando lo vea en Chirche".

Seguí solo hasta que llegué a las tanquillas y allí me senté a esperar.  Al rato de estar allí sentado, pasó un cabrero que precisamente vivía por detrás de donde yo estaba, y me invitó a su casa, pero le dije que yo no podía andar porque tenía los pies hinchados. Fue a su casa y vino con su hijo, y entre los dos me llevaron sentado sobre sus brazos. Me invitó con una taza de leche recién ordeñada y mandó al hijo hasta Chirche y me trajo las alpargatas. 

Me despedí dándole las gracias y comencé a caminar por encima de la atarjea , porque cuando ponía los pies sobre alguna piedrita el dolor me podía.

Al fin llegué a Chirche, a la venta donde me estaba esperando Martín, la gente al verme decía: "¿Pero cómo pudo llegar hasta aquí ?" 

Nos tomamos un vaso de vino y seguimos hasta Guía de Isora (H). Nos quedamos en la pensión hasta el día siguiente, que cogimos la guagua para volver a Santa Cruz.




        

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